De Apolo a Artemisa, el programa de la NASA para volver a pisar la Luna en 2024

Estados Unidos ha vuelto a poner sus ojos en la Luna. La obsesión por el satélite había perdido intensidad desde los años heroicos de las misiones Apolo, cuando en 1972 los astronautas Harrison Schmitt y Eugen Cernan lo visitaron por última vez. Pero el Gobierno de Donald Trump se ha propuesto regresar allí más de medio siglo después, en 2024, como etapa previa al gran salto a Marte de 2030.

En un plazo de solo cinco años, un hombre y por primera vez una mujer pisarán el satélite. El nuevo programa de la NASA para conseguirlo se llama Artemisa. Como es habitual en la historia de la astronáutica, el nombre no es gratuito. Artemisa es la hermana melliza de Apolo en la mitología griega. Y su objetivo también es inaugurar una nueva era en la exploración espacial.

Los planes pasan por construir previamente una estación espacial que orbite el satélite, llamada Gateway («Puerta de acceso», en inglés), que debería construirse en 2022 y que serviría como base para las misiones tripuladas a la Luna y después a Marte. Más adelante, también está prevista otra base permanente en la superficie lunar.

«La exploración será en el polo sur, donde hay una cantidad significativa de agua helada, necesaria tanto para la futura base lunar como para la producción del combustible necesario para el salto a Marte», explica a RTVE.es David Barrado, astrofísico del Centro de Astrobiología (CAB).

Sobre la presencia humana en el satélite, Barrado opina que se trata de una decisión cuyas connotaciones podrían ser más políticas que prácticas. «Ciertamente el regreso a la Luna producirá un interesantísima información científica», argumenta, aunque «por otra parte, el regreso de seres humanos es una decisión política y, posiblemente, una exploración robótica sería mucho más eficiente, rápida y de mucho menor riesgo. En cualquier caso, tampoco hay que olvidar la epopeya que una aventura de este tipo representa».

«Space Launch System» (SLS)

El programa Artemisa tiene una doble columna vertebral: el sistema de lanzamiento de cohetes SLS (Space Launch System) y la cápsula Orión, ambos proyectos con importantes retrasos en su desarrollo.

El Space Launch System es un cohete pesado de cuya producción se está encargando Boeing. El plan original preveía un primer vuelo en noviembre de 2018, pero la NASA lo retrasó a junio de 2020. Recientemente, la agencia ha reconocido que tampoco podría cumplir con este plazo, sin aclarar cuándo logrará finalmente poner en el aire por primera vez al SLS.

Gracias a esta familia de lanzadores, la NASA prevé enviar tripulación o cargamento en misiones de exploración más allá de las órbitas bajas de la Tierra. Los SLS son el equivalente moderno de los mastodónticos cohetes Saturno V, que posibilitaron la exploración humana de la Luna a finales de la década de 1960 y comienzos de la de 1970.

Estos lanzadores también son la gran baza estadounidense para superar la dependencia de los cohetes rusos Soyuz, empleados en la actualidad para enviar a sus astronautas a la Estación Espacial Internacional; y de los Proton, para transportar componentes. Si finalmente el desarrollo de los SLS no llega a tiempo, la NASA podría apoyarse inicialmente en compañías privadas como las norteamericanas SpaceX o Blue Origin, cuyos cohetes reutilizables representarían una opción viable para ir a la Luna.

Orión

El segundo elemento más importante del programa Artemisa es Orión, la nave que protagonizará el renacer de las misiones tripuladas al espacio.

Para su desarrollo, cuenta con la colaboración de la Agencia Espacial Europea (ESA), que se encarga de la mitad de su construcción -el denominado «módulo de servicio»-. La parte estadounidense se ha delegado en la compañía Lockheed Martin, quien ha desarrollado la cabina de tripulación, con capacidad para seis astronautas.

El diseño de las naves Orión es muy parecido al de las cápsulas Apolo, aunque por supuesto están dotadas de sistemas más modernos y también son de mayor tamaño. Son las mismas naves con las que la NASA prevé llevar humanos a Marte en 2030.

Colaboración de empresas privadas y agencias nacionales

La NASA no ha querido trabajar sola, y ha buscado la colaboración de empresas privadas y de otras agencias nacionales para regresar a la superficie lunar. Gateway, que se ha planteado como una estación internacional, cuenta con el apoyo de la Agencia Espacial Europea (ESA), Roscosmos (la agencia rusa), la Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial (JAXA) y la Agencia Espacial Canadiense (CSA).

El objetivo de Estados Unidos es desarrollar un programa “sostenible” de exploración e investigación científica a largo plazo.

Así, la hoja de ruta que ha dibujado prevé que en 2022 se lance la primera misión tripulada del programa Artemisa, a bordo de una nave Orión, que viajará a la Luna y regresará sin aterrizar. Dos años más tarde, en 2024, otra nave Orión volará hasta la estación Gateway, que ya estará operativa, y dos astronautas, un hombre y una mujer, descenderán en un módulo lunar hasta la superficie del satélite.

Retorno científico de la misión

Pero, ¿cuál podría ser el retorno científico de esta nueva aventura lunar de la NASA, cuyo presupuesto sobrepasará holgadamente los cien mil millones de dólares? Incalculable, ya que el satélite terrestre es un auténtico tesoro para los investigadores.

«La Luna contiene más información acerca de la formación e historia del Sistema Solar que la propia Tierra», revela David Barrado, del Centro de Astrobiología, «las características de la atmósfera actual de nuestro planeta son totalmente diferentes a las de la atmósfera de la Tierra primitiva, la morfología del planeta también ha cambiado, sin embargo, el hecho de que la Luna no posea atmósfera implica que las huellas de los impactos de meteoritos que nuestro satélite ha sufrido desde su formación, hace 4.500 millones de años, están aún en su superficie«.

«La Luna sigue siendo, a pesar de su proximidad, un cuerpo celeste repleto de misterios científicos«, enfatiza.

Barrado añade que el satélite terrestre podría servir en un primer momento como base para continuar la exploración del Sistema Solar, «pero también como plataforma para la posible construcción de grandes telescopios», aunque matiza que «no está claro, sin embargo, que sea la estrategia óptima».

Explotación comercial de los minerales

La reactivación del programa lunar por parte del Ejecutivo de Donald Trump -había sido aparcado por su antecesor, Barack Obama- ha levantado numerosas sospechas de que el verdadero interés pueda ir más allá de lo meramente científico. De sobra es conocido que existen empresas que desean explotar comercialmente el satélite terrestre. Principalmente para obtener minerales, aunque también para turismo espacial o usos militares.

«La Luna posee minerales de gran interés científico. Por ejemplo, se ha hablado mucho del Helio-3, un isótopo ligero del helio cuyos átomos tienen dos protones y un neutrón en su núcleo», describe David Barrado. «Hay estudios que prevén el uso de Helio-3 como una fuente de energía de fusión en el futuro, debido al gran poder energético que proporcionaría».

«En cualquier caso, que la explotación comercial sea viable está por demostrar», prosigue, «que sea éticamente aceptable requiere un debate mucho más amplio».

Barrado afirma que «las reclamaciones territoriales de los diversos cuerpos celestes están prohibidas, y por tanto, en la actualidad existen numerosos problemas de carácter legal». «El acceso a los cuerpos del sistema solar, al igual que en la Antártida, debería estar restringido a la investigación científica», opina el astrofísico.

Fiebre lunar a nivel internacional

Pero no solo EE.UU. tiene a la Luna en su punto de mira. Como ya ocurriera en la Guerra Fría, el espacio vuelve a ser uno de los mejores escaparates para que las naciones puedan exhibir su poderío tecnológico e, implícitamente, militar.

La Agencia Espacial Europea (ESA), que colabora estrechamente con la NASA en diferentes partes del programa Artemisa, se ha propuesto establecer una colonia permanente en el satélite. También están interesados Rusia, Japón, Canadá, Israel, los países árabes y, sobre todo, China.

Un robot chino viajó a la cara oculta en enero, y a finales de año, el Gobierno de Xi Jinping prevé mandar otra misión no tripulada. El pasado mes de abril, una empresa israelí mandó la nave no tripulada Beresheet, que se estrelló al alunizar. Sin olvidar a la India, que también quiere mandar su propia misión no tripulada este año.

SpaceX, Blue Origin y Virgin Galactic

Finalmente, varias compañías privadas quieren llegar a la Luna para explotar estos viajes comercialmente. Las más importantes son SpaceX (que ya colabora con la NASA en misiones de aprovisionamiento de la Estación Espacial Internacional, además del lanzamiento y puesta en órbita de satélites; y que está dispuesta a poner humanos en Marte), Blue Origin (la empresa de Jezz Bezos, el dueño de Amazon, ha anunciado que trabajará con la NASA y la ESA para crear asentamientos en la Luna) y Virgin Galactic, enfocada principalmente al turismo espacial.