En Anserma, Caldas la violencia no mató “La Esperanza”

Samaná, Pensilvania, Riosucio, y Anserma, a finales de los años de 1980 fueron los municipios de Caldas más golpeados por la violencia. Los grupos armados sembraron terror en los campesinos de la región, entre los cuales estaban Javier Suaza y su familia.

Esta historia es el relato detrás su predio, La Esperanza, ubicado a 40 minutos del casco urbano de Anserma por carretera destapada, pasando por paisajes rodeados de café y viviendas rurales. Y todo empezó con el amor de sus padres.

Jesús Antonio y Zoila se conocieron un domingo de mercado y se enamoraron a través de cartas. Se casaron y se fueron a vivir a la vereda Concharí, donde tuvieron siete hijos. Se dedicaban al cultivo, recolección y venta de café; llegó a tener más de 60 trabajadores. Con los buenos precios del grano lograron mejorar su economía y pidieron un préstamo con el que mejoraron su proyecto productivo y construyeron la casa de sus sueños.

El padre de Javier amaba tanto su tierra como participar en una política que apoyara a la comunidad, por lo cual se lanzó al Consejo y fue presidente de la Junta de Acción Comunal de su vereda. Era un hombre querido y respetado por todos.

Uno de los momentos más prósperos de la región fue la época de la bonanza del café entre 1989 y 1992. Esto impulsó el crecimiento de la región, había empleo y ganancias para todos. La mayoría de la población estaba dedicada al trabajo del campo, una tierra fructífera en la que, infortunadamente, también pusieron sus ojos los grupos al margen de la ley.

Las ‘vacunas’ o extorsiones comenzaron a ser el pan de cada día y los criminales les exigían a los pobladores comida, ropa y dinero. El papá de Javier se resistió todo lo que pudo a las intimidaciones, pero una tarde, mientras se encontraba con su familia, llegó un vecino quien le entregó un mensaje que decía que en la casa del abuelo se encontraba un tío con su esposa y una bebé de meses, y que si no se hacía presente los iban a matar.

El padre, alertado, se despidió de todos y les pidió cerrar las puertas, así como no asomarse a las ventanas, y salió apresurado a auxiliar a sus familiares. De repente, en la zona se escucharon disparos. Los tíos de Javier salieron en busca del padre con la triste noticia de encontrarlo en el camino sin vida.

En esos años no existían los procedimientos de levantamiento de cadáveres, por eso el cuerpo fue llevado a su propia casa, donde su esposa tuvo que cambiarlo de ropa en medio del dolor. “Tenía 12 años cuando esto pasó, pero esa imagen es un recuerdo vivo en mi mente, pusieron a mi padre en una de las camas de la casa y mi madre con una barriga de siete meses de embarazo, cambió su ropa y al siguiente día salimos para el casco urbano al velorio. Lo que no sabíamos es que no volveríamos a casa”, cuenta Javier con mucha tristeza.

En efecto, no pudieron volver. Javier, su madre y sus hermanos, de un momento para el otro, se vieron arrumados en una habitación en el casco urbano, y el predio, los cultivos y todo lo que tenían en la casa, quedó abandonado. Dos meses después de la muerte de su padre, nacieron las gemelas.

Las difíciles condiciones económicas los obligaron a volver al predio, pero allí las cosas estaban peor, cada día más vecinos aparecían muertos y los cultivos poco a poco se fueron perdiendo, así que la madre tuvo que alquilar la tierra y conseguir un trabajo como cocinera para poder sacar adelante a la familia. Fueron años durísimos. Los muchachos seguían estudiando en el casco urbano de Anserma, con familiares y amigos que por caridad los quisieran recibir, cada uno en casas distintas.

La violencia no daba tregua y Javier recuerda que otra de las víctimas de esos tiempos fue una joven de 15 años que fue asesinada por el solo hecho de que tenía buenas relaciones con algunos soldados del Ejército. A esa muerte se le sumó otra, exactamente por el mismo motivo, lo que dio para hacer notas periodísticas narrando la tragedia. Pero eso no es todo. La mamá de Javier, una vez más, vio la muerta de cerca pues los grupos al margen de la ley interrumpieron en su casa acusándola de ser informadora del Ejército, solamente por tener un celular. Esto hizo que nuevamente la familia saliera desplazada, esta vez de manera definitiva.

El regreso

Javier creció y se decidió a trabajar con textiles. Estando en Pereira donde estudiaba, supo que el predio de la familia, aquel que habían abandonado a causa de la violencia 18 años atrás, sería rematado por no pagar el préstamo que en algún momento su padre había pedido para construir la casa y aumentar las cosechas de café.

Preocupado, comenzó a averiguar qué podía hacer para que esto no sucediera y en medio de las averiguaciones se acercó a la Personería donde un colaborador le habló de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras y de los beneficios que podría obtener si accedía al proceso, dentro de ellos, la exoneración de pagos de préstamos, de impuestos, las garantías de regreso a su tierra y la posibilidad de iniciar un proyecto productivo.

Javier comenzó a empaparse de la Ley 1448 de 2011 y buscó la sede de la Unidad de Restitución de Tierras para presentar su solicitud. Mientras esperaba que los jueces resolvieran su caso, comenzó a visualizar su vida con el proyecto productivo que recibiría con la sentencia, así que se volvió técnico en ganadería.

Y llegó el 2018, cuando recibió la mejor noticia de su vida: la sentencia de restitución había salido a su favor. “Como dice la película de Will Smith: esta parte de mi vida se llama felicidad, eso fue lo que experimenté cuando me notificaron mi sentencia de restitución, la cual nos permitiría regresar a La Esperanza, el predio que nos dejó nuestro padre, volver a cultivar y ahora emprender mi proyecto productivo de ganadería, para el que me estuve preparando”, expresa Javier.

Hoy, el predio cuenta con el mejor sistema de pastoreo de la zona. Hay ocho módulos de pastoreo y el ganado va rotando cada cuatro días, además cuenta con fuentes hídricas. Su proyecto productivo generó un cambio importante en la región y para él es muy satisfactorio estar aplicando todo su conocimiento en su tierra. Además, cuenta con más de 1.000 plantas de café y plátano y diferentes árboles frutales.

“Esta tierra es mi ADN, trabajarla y cuidarla es el mejor homenaje que puedo hacerle a mi padre”, finaliza. Conozca esta historia en el próximo capítulo de la segunda temporada de la serie ‘Tierra’, original de la Unidad de Restitución de Tierras, el próximo domingo 29 de agosto a las 9:30 p.m. por el Canal Institucional.